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El tiempo de nuestra lucha Por: Fabricio Estrada

¿Y qué importa que sean cuatro meses los que hayan pasado desde el 28 de junio? Lo que importa es que una nueva cultura política está en ascenso, una cultura que va extendiendo su urdimbre hasta en las concepciones más profundas de lo hondureño.

Las luchas no se miden por los días en lucha, esos son cálculos que le corresponden a la didáctica de la historia; cuando se está haciendo la historia, sólo tenemos ante nosotros el horizonte amplísimo donde se expande la conciencia del cambio social, la fuerza de la ruptura.

Los 900 días que aguantó Leningrado al asedio nazi no detallan en su parca cifra ni el carácter, ni la firmeza, ni la claridad de autodeterminación y libertad que se formó en el ciudadano soviético sobreviviente a la locura de la inanición y la desesperación. Ni uno solo de los ciudadanos de Leningrado sobrevivió pensando que la historia recordaría cada uno de sus nombres, sobrevivieron para que la historia le gritara a los que intentaron destruirlos que la vida era más poderosa que el odio y que la humanidad no es una utopía.

En nuestra lucha, cada día ha sido una conquista y así, aprendimos a despertar cada día en un país nuevo. Nos descubrimos fundadores, nos descubrimos ciudadanos plenipotenciarios de la dignidad, de la lucidez, de la eterna razón que da pie a la reconstrucción de las leyes.

Debemos erradicar de nuestra mentalidad la idea de que lo nuestro es una moda de temporada, una estación climática o un experimento con tiempo de caducidad intrínseca. Nuestra lucha no es una Teletón en la que se activa la solidaridad conveniente, ni un tiempo de elecciones donde el voto es una alegría tan pasajera como la victoria de la selección de fútbol. Nuestro tiempo de lucha abarca generaciones atrás y después de nosotros, un tiempo de resistencia sin fin al acoso de la insania, del lucro incendiario, de la humillación; una resistencia que descubre y desmonta la guarida de los asesinos del pueblo, que aparta de la vista a quienes nos mantienen siempre bajo la amenaza de su desprecio de clase.

Lo que la resistencia nos ofrece no es un record Guinnes como trofeo, nuestro premio está en el disfrute de las consecuencias de lo que hoy vencemos; ya nadie nos podrá decir que somos indiferentes, que lo nuestro es la paciencia más larga, es decir, esos argumentos que han servido para elevar el latrocinio y la brutalidad a categoría de nacionalidad. Nuestra nación no ha sido partida por la mitad, nuestro corte es transverso, una herida que descubre a los gusanos más ocultos.

Ahora no debe interesarnos cuántos días faltan para respirar tranquilos lejos del hedor golpista: nuestros pulmones son ahora más anchos y ya se acostumbraron a la altura. Todo lo bajo, todo lo rastrero, todo lo que siempre anudó nuestros pasos ha quedado atrás. Hemos ido quemando etapas como un cohete que busca conquistar la luna, hemos abarrotado las fronteras, hemos golpeado el corazón supurante de los militares, se lo hemos sacado y mostrado al mundo... nuestro sacrificio no es un cálculo como tampoco es estadística el número de nuestros muertos. Tenemos un nombre, tenemos la fe, tenemos todo lo que a ellos les falta: alegría, firmeza, respuestas seguras para nuestros hijos ¿qué más le podíamos pedir al destino? ¿Qué otra nación de las que nunca inventaron los oligarcas tuvo tanta realidad entre sus manos?

Con lo único que debemos contar es con nosotros mismos, pueblo combativo y diverso, pueblo humano, más humano que nunca. La victoria no tiene plazos, compañeras y compañeros: se disfruta luchando, sin angustias, sin miedos. La victoria es transformación y lucha diaria contra lo que el capitalismo inhumano ha incubado dentro de nosotros. El pueblo no necesita de ninguna comisión para dialogar sobre la libertad y el dolor. El pueblo es el tiempo inexorable y como tal, obliga a que la historia se someta a sus decisiones.

Fabricio Estrada

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