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La despedida al compañero Presidente

Ene.28, 2010 - 22:38:00 El Libertador, Honduras.

Vi muchos rostros con lágrimas, y lloré. Lloré recordando todas las luchas, las marchas, los gases lacrimógenos, las corridas, los y las amigas que gané, las que perdí, y todos los actos de heroísmo que vi en tantos y tantas compañeras, incluyendo, por supuesto, al compañero Mel Zelaya.

Tegucigalpa. Nos reunimos como siempre frente a la Universidad Pedagógica, íbamos llegando de todos lados, en bus, en carro, en moto. Destino: el aeropuerto. Cuando la multitud se perdía entre las calles que rodean la Universidad, partimos por el Boulevard. ¿Cuántos éramos? Miles, decenas de miles, imposibilitados de tener otra perspectiva (el helicóptero del canal 36 que iba a hacer las tomas aéreas no fue autorizado a volar) nos monitoreábamos por celular, una amiga mía iba caminando dos kilómetros adelante, y todavía la marcha se estiraba un par de kilómetros más.

¿Quiénes éramos? Ah, eso es fácil, una alegre representación de lo más valioso

del pueblo hondureño: organizaciones barriales, feministas, ecologistas, liberales de verdad, campesinos y campesinas, estudiantes, amas de casas, profesores y profesoras (como yo), los compañeros y compañeras de la UD, profesionales, mucha clase media, mucha clase obrera, y los y las compañeros/as vendedores/as ambulantes, que apoyan y se hacen su dinerito en el camino. Estábamos los que hacemos este país cada día, de rostro moreno, ladino o chele, los que venimos de madre india, o de madre mulata, qué linda la diversidad de colores de mi gente!

En parte caminamos, en parte bailábamos. Los jóvenes hacían la ola. La gente que nos miraba desde sus casas aplaudía, sacudía banderas (como una doñita que se había encaramado en el techo de su casa) y sonreían. Los vehículos que pasaban por la otra vía del boulevard nos pitaban a modo de saludo. Por eso digo que los que marchábamos éramos una representación, muchos más no marcharon pero estaban ahí, apoyando.

Íbamos distendidos, cantando consignas viejas: “el Pueblo Unido…..” y consignas nuevas: “Se busca presidente, que no sea golpista y que no joda a la gente” Como siempre citamos a Neruda: “Alta es la noche… y Morazán vigila!” Y por supuesto, un espacio para reírnos de nuestros golpistas: carteles en los que Micheletti aparecía como gorila, como dinosaurio, o como el tío Sam… Hasta uno se vistió como Micheletti, con máscara y todo, y tenía un rótulo que decía: “para ser héroe se necesita ser golpista, corrupto, asesino…..” en alusión a la declaración de héroe nacional que le dieron los payasos de siempre.

Por el camino apenas si había policía, pero antes de llegar supimos que habían militarizado el aeropuerto. Cuando llegamos los vimos, estaban por todos lados, en la torre de control habían puesto francotiradores que nos apuntaban. Cantamos: “a estudiar, a aprender para chepos (policías) nunca ser”.

Desbordamos las calles del aeropuerto. Los y las compañeras de la resistencia habían montado un escenario donde hace ya siete meses cayó nuestro primer mártir, Isis Obed. Y comenzó el traspaso de mando: la ministra Mayra Mejía del Cid portadora de la banda presidencial de Manuel Zelaya se la entregó a un niño y a la abuela de la resistencia. Se me hizo un nudo en la garganta. Pero era sólo el comienzo. Fueron soltando globos al cielo, uno por cada mártir y nosotros gritamos: ¡presente! ¡Isis Obed! ¡Presente! ¡Presente! ¡Presente! No habrá olvido, no habrá perdón compañeros y compañeras, queremos justicia, ¡JUSTICIA!

Esperamos un buen rato escuchando música. Dudábamos de que el presidente fuera a salir por este aeropuerto, pero seguimos esperando. Como a las 3 de la tarde, la pista se llenó de militares y policías que se vinieron cerca de donde estábamos en actitud provocadora, les gritamos: “nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. Pero nada pasó, nos quedamos mirándonos las caras. Una valla nos separaba, los vimos de frente, sin miedo.

En eso en los altoparlantes anunciaron que Mel Zelaya había llegado al aeropuerto. Y vimos el avión blanco. Todos y todas gritamos fuerte: ¡Mel amigo, el pueblo está contigo! Y despegó.

Vi muchos rostros con lágrimas, y lloré. Lloré recordando todas las luchas, las marchas, los gases lacrimógenos, las corridas, los y las amigas que gané, las que perdí, y todos los actos de heroísmo que vi en tantos y tantas compañeras, incluyendo, por supuesto, al compañero Mel Zelaya.

Lloré por los dolores viejos y nuevos, lloré porque en ese momento estábamos pariendo la nueva Honduras, no las del estadio vacío del Lobo y su jauría, la Honduras nueva que crece en nosotros, en nuestra organización y en nuestro compromiso. Es que en Honduras, como en otras partes de nuestra nación latinoamericana, la era esta pariendo un corazón.

Volveremos -dijo Mel-. Así sea.

*Por Delfina Bermúdez, profesora hondureña en resistencia.